29.4.13

Lo que el agua me dejó...

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Después de esa noche pasada por agua que vivimos el 2 de abril y de esa mañana húmeda en la que lo único que esperábamos era que nos fueran a “rescatar”, encontré un refugio de amor y contención en casa de mis tíos. Llegué con mi hermana Magui a eso de las nueve, aún mojada, con el cuerpo entumecido y actitud zombi. Mi papá, todavía en estado de shock, se quedó en casa.
Mi tía nos abrazó y enseguida me ofreció algo para tomar, pero las ganas de una ducha caliente eran más fuertes, así que el té y las galletitas pasaron a un segundo plano. Una vez que ya había entrado en calor y silencié mi panza, me acosté en la cama de mi primo y no tardé ni dos minutos en dormirme, me desmayé.


Escuché la voz de mi mamá, abrí los ojos, me incorporé de la cama. La habitación estaba luminosa, pero en el ambiente reinaba el silencio, ese silencio que aturde, que confunde. Mucha calma. Me costó unos segundos acordarme de la situación y, cuando lo hice, parecía que la inundación había sido un sueño. Mientras que dormía, era como si el tiempo se hubiese congelado, o dado marcha atrás, no sé. Después de la pesadilla, me relajé de manera tal que fue como si me hubiese reseteado. Me desperté nueva, y sólo había dormido dos o tres horas.
También estaba Justi, mi hermana de 13, que había pasado la noche en casa de una amiga y no veía desde antes del temporal. Hasta ese momento yo no había tenido tiempo de hablar con mi mamá. Me contó que lo que habíamos vivido había sido una catástrofe, que se hablaba de muertos –en ese momento el dato oficial era de 28- y que tenía que estar agradecida de que los tres lo habíamos sobrellevado bien y ahora estábamos los cinco juntos. Abrazos y alguna lágrima.
Me levanté. No había luz, por lo tanto tampoco tenía acceso a ningún medio de comunicación. El almuerzo fue rico y alegre. Mis primos, mis hermanas, mi tía y yo. Había charla, despeje. En una de esas llegó mi papá. Nos dimos un gran abrazo, el primero después de lo que habíamos pasado juntos la noche anterior. Volvió la electricidad y, con ella, llegaron las malas noticias. Prendimos el televisor y todos los noticieros hablaban de La Plata, DE MI QUERIDA LA PLATA. Pasaban imágenes aéreas que parecían de esas que muestran las consecuencias de los huracanes o tsunamis. Los graphs tenían cifras dolorosas y todos los canales llevaban cintas de luto. Eso me pegó, y mucho.
Ese día dormimos la siesta, comimos, charlamos. Mucho no se podía hacer, por eso buscamos descansar y despejarnos. Lo que más me sirvió a mí fue conectarme a las redes al atardecer, y leer todos los mensajes de ánimo que me mandaban. A la noche tratamos de dormirnos temprano, para aprovechar la mañana del día siguiente en casa.

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En la semana de la tormenta, los días fueron monótonos y pasaron volando. Exprimíamos las horas para poder hacer la mayor cantidad de trabajo y al anochecer volvíamos a la casa de mis tíos, a la que ya casi sentíamos nuestro hogar, con las cosas en su lugar, limpias y ordenadas. ¡Llegar allá era un alivio! Durante la cena nos reíamos con anécdotas y chistes, y eso era algo que me despejaba mucho.
Cada mañana cuando volvíamos a casa, las ganas de rescatar lo poco que quedaba eran más fuertes que la tristeza y la impotencia. Era entrar y ponernos a trabajar, con la mente enfocada en tirar. El desánimo nos hacía creer que íbamos a tener que deshacernos de todo: ropa, juguetes, muebles, recuerdos.
Entendimos que había que mirar todo con desapego, como si no fueran nuestras cosas. Esa remera que tenía en mis manos, empapada, desteñida y con olor a humedad, ya no era “mi remera”, era basura. Ese pensamiento práctico ayudó a desechar lo que no servía y, dadas las circunstancias, era necesario actuar de manera funcional para aprovechar el tiempo y emplearlo en rescatar lo que aún podía salvarse. 
Así como en una mudanza hay que desarmar la casa y guardar todas las pertenencias en cajas para trasladarlas al nuevo hogar, tras una inundación hay que sacar las cosas de sus respectivos lugares, pero en estado deplorable, para secar al sol primero, limpiar, lavar y recontra desinfectar, después. La ropa de los placares, los libros de las bibliotecas, el papelerío de los cajones, los adornos y la vajilla de las vitrinas, en una palabra, todo. 
Entre tíos, primos, amigos y compañeros, llegamos a ser diez personas limpiando, tirando, secando, lavando ropa, moviendo muebles, MOVIÉNDONOS. Éramos una verdadera cuadrilla de trabajo, con tareas asignadas y una meta en común.
Contra todo pronóstico, la mayor parte de la ropa no estaba manchada por el aceite, sólo chorreaba y tenía olor a humedad. Sólo muy pocas prendas claras aparecieron manchadas por otras de colores que desteñían.
Mi primer llanto se desató cuando encontré una billetera de mi hermanita de 7 con algunas monedas, algún billete, su foto carnet y un dibujito. Sin embargo, durante el transcurso de la tarde, me di cuenta de que la mayoría de los recuerdos, especialmente las fotos, se podían salvar si, con cuidado y mucha paciencia, las separaba una por una sin que se corriera la tinta ni se rompiera, y las ponía a secar.
Aún así, era toda una vida de recuerdos que se desmoronaba, no sólo fotos y videos. Encontré también cartas de cuando mis papás eran novios, el acta de matrimonio de mis bisabuelos, fotos de tatarabuelos, títulos y certificados, boletines escolares y libretas universitarias, mis primeros dibujos, cartas a Papá Noel y los Reyes Magos, entre muchos otros tesoros que me negué a tirar.
Ese primer día de trabajo fue duro pero la fuerza, infinita. No me permití desconcentrarme del objetivo, así que no tuve tiempo para deprimirme o estar triste. Sin embargo, todas esas emociones retenidas salieron a la superficie cuando, al día siguiente, me resigné a ocuparme del último cajón de mi mesa de luz, donde guardaba mis recuerdos de toda la vida.
Cartas y dibujos de mis amigas fechados en los noventa, cuando estábamos en la primaria; dedicatorias de mis papás, mi hermanas y mis abuelos para acontecimientos importantes; entradas de espectáculos de Chiquititas en el Gran Rex o de mis primeros recitales; tarjetitas de cumpleaños; y un GRAN ETCÉTERA que uno guarda cuando es chico y obsesivo. Tuve ataques de llanto, pero nadie se dio cuenta porque cada uno estaba ocupándose de tareas distintas en el resto de la casa.
La angustia también me invadió cuando saqué mis zapatos, mojadísimos y en camino a pudrirse, del guardarropa –tengo bastantes pares, son mi debilidad-. En ese momento tuve otro ataque de llanto, que de afuera podría haber parecido superficial pero que, en realidad, creo que fue la vía de escape por la que canalicé tanto infortunio.
La desolación tuvo que ver con darme cuenta de que mucho podía salvarse si era secado al sol, pero que había que actuar rápido y no había tiempo ni lugar infinitos. También sumaba el miedo a que lloviera y se mojara todo lo que estaba en el patio. Al ir quedando tareas más finas, nos empezamos a desorientar y empezamos a no saber por dónde seguir.
El parque y el quincho de mi casa parecían el Mercado de Pulgas de San Telmo. Había sectores con ropa, otros con vajilla, otros con fotos desparramadas, otros con zapatos, otros con muebles, otros con adornos. Cada ambiente tenía algo distinto. 
Entre tanta tristeza, lo que me devolvía el ánimo era recibir las visitas de mis amigas, que algunos días pasaron a saludar, traer café recién hecho y buscar ropa para lavar, y otras tardes se pasaron horas y horas ayudándome con las tareas. Estábamos tan concentradas en los quehaceres ¡que me olvidé que era el cumpleaños de una de ellas! Me sentí muy querida y acompañada. También escuché muchas situaciones similares de conocidos y el darme cuenta de que no éramos los únicos afectados en algún sentido me ayudó a sentirme más contenida.

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Anoche hizo tres semanas que volvimos a dormir en casa y puedo decir que, muy de a poco, todo va tomando forma. Cada uno volvió a sus actividades –en mi Facultad por suerte recién comenzaron las clases la semana pasada, así que eso me dio un respiro- y nuestro estilo de vida se normaliza. Aún así, seguimos lavando ropa, limpiando zapatos, viviendo sin muebles ¡y durmiendo todos en un mismo ambiente!
La primera lluvia en casa fue hace dos noches, sólo caían algunas gotas, pero al día siguiente recordé que había soñado que estaba en medio del mar, en un barco que se hundía, mientras yo intentaba sobrevivir. Tal como refleja mi inconsciente, aún quedan algunas inseguridades con respecto a la lluvia, pero confío en que, de a poco, esas huellas se irán atenuando y será una experiencia más.
A poco de cumplirse un mes del temporal, hoy puedo decir que salí muy fortalecida, maduré de golpe y aprendí, como me dijo Ana Torrejón, que “doblarse no es romperse”. Caí en la cuenta de qué cosas son realmente importantes en la vida, que el amor infinito de los seres queridos nos saca a flote en cualquier situación y que un gesto, por insignificante que parezca, puede hacer que en nuestro interior salga el sol.
Perdí todas mis agendas de la infancia pero, como si el destino hubiese buscado darme una lección, a la de este año no la tocó ni una gota. El agua me enseñó que no tengo que vivir de hojas amarillas, que tengo que focalizarme en el hoy. También, que no importa si mi casa es Kosovo; que si puedo disfrutar de la lectura, la música y la buena compañía, voy a ser feliz donde sea. Los alti-bajos emocionales son comunes en la vida de todos pero yo, hoy, puedo decir que mis días tienen una perspectiva distinta que me da el equilibrio necesario para convivir con ambos estados.

5 comentarios:

matichica dijo...

tenés una fortaleza increíble, Pilar... Te admiro sinceramente. Lo que contás se repite en varios barrios, en cada casa amiga que visité post tormenta. Los recuerdos se desvanecen materialmente, pero no de nuestros corazones. Lo principal es no perder la capacidad de recuperación, ponerle energía a la vuelta al ruedo y aprovechar la ayuda -que por suerte es mucha- para salir adelante. abrazo fuerte!

Anónimo dijo...

Hola Pilar..vivo en zona Oeste de la Pcia. de Buenos Aires, me dediqué a leer todo lo que contaste y lo compartí en mi muro. Mi prima hermana vive en tu misma ciudad, lugar donde cada vez que la visitaba tenía ganas de agarrar todo y mudarme allí, todavía hoy la recuerdo de esa misma manera..una ciudad hermosa! Ella no corrió la misma suerte con su casa, sólo le llegó a entrar algo así como 60 cm pero como es un duplex pudo llevar las cosas al 1º piso, lo que si perdió fue su fuente de trabajo, ella tenía un Spa "Aqua" donde le entró 1.60mt de agua, perdió todo!! Es divorciada y tengo un primito, asique podrás imaginar la tristeza que invade a nuestra familia! Desde ese horrible día, tampoco volví a ser la misma. Me pone de muy mal humor ver hoy aún, gente tirando papeles desde las ventanillas de los autos. Todos somos culpables de lo que nos pasa, empecemos por nosotros, si esperamos que hagan las obras..uuufff. No nos olvidemos de lo que nos pasó, publiquemos, publiquemos..salió el sol y nada pasó?! Admiro la forma de contar tu mal momento, en mi caso, no sé si hubiera actuado como vos lo hiciste! Desde éste humilde lugar te mando mucha fuerza, que veo que es lo que menos te hace falta!!! Un abrazo enorme!!!

Male dijo...

Hola, te ha tocado vivir algo muy duro. Es admirable la fuerza que sacaste para poder junto con tu familia salir adelante. Quería mandarte un beso y energía positiva.

ZapaTTos de gamuZa aZul dijo...

Es muy fuerte la primer foto con la marca de agua en la pared, y aun mas todo tu relato... me alegra saber que de todo lo sucedido puedas ver lo positivo. Espero que todo mejore y aunque de mucho no sirva, te deseo lo mejor para vos y tu familia.

Saludos!

Eriika♥

Anónimo dijo...

Pilar, soy Aldi F. Amoreo! recién leyendo un poco esto ya que no habia mirado con mucha atención tu blog hasta ahora, me siento super identificada con todo, en la casa de mis papas pasó lo mismo, con la suerte de haber rescatado algunas cosas que pudieron poner en el piso de arriba. Pero todo esto que contas del laburo en equipo, de los "ataques" de llanto y miedo, de la desesperación de querer salvar las pequeñas cosas, pff! me da piel de gallina, yo no estuve en el momento de la inundación porque no vivo en la casa de mis viejos, pero hasta el otro día a la tarde ( tipo 6) no supe nada de ellos ( mis viejos, mis dos hermanos, mi perro y mi tortuga) y te juro que los nervios de saber como estaban y que habia pasado me estaban carcomiendo , hasta que llegué hasta ahí y vi que estaba todo bien.
En fin, todos vamos saliendo de esta mala pasada, pero bueno, ojalá te recuperes rápido de las perdidas materiales y emocionales!! Sea un dibujo, un par de zapatos o una foto, creo que todo es valioso del mismo modo!Un beso!

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