Mostrando entradas con la etiqueta arte callejero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta arte callejero. Mostrar todas las entradas

16.5.14

FILOSOFÍA FALOPAPAS

Un proyecto de arte multidisciplinario agrupa a jóvenes platenses con aspiraciones similares que convierten su casa-taller en el escenario perfecto para eventos que parecen inspirados en los happenings de posguerra.

En el taller de Falopapas no existe rincón que sobreviva al aerosol. En cada ambiente hay desorden y paredes que exudan tanto arte como humedad; cualquiera podría decir que se trata de una casa abandonada, usurpada por almas errantes. Sin embargo, Augusto Turallas –33, artista plástico y profesor de Bellas Artes- y Miguel Mazur –34, arquitecto y músico- distan mucho del perfil hippón: son carilindos, prolijos y profesionales. Aún así, ya desde el nombre que los nuclea dejan entrever su espíritu transgresor.
Falopapas surgió en 2003 a partir de un concurso de murales que organizaba la Facultad de Bellas Artes, en el que Augusto participó junto a su amigo Matías Gardinetti. Juntos, dieron comienzo a un gran proyecto que, con el correr de los años, fue sumando adeptos y se convirtió en un colectivo de arte que nuclea a creativos de todas las disciplinas.
En la casona de Los Hornos donde funciona el taller, hay una habitación para cada área: la pintura, la escultura, la música y la indumentaria. “Falopapas es como una gran marca en la que los miembros vamos variando según la disponibilidad de tiempo y las cosas que queramos hacer”, cuenta Miguel mientras corta un stencil próximo a ser pintado en un paredón, y explica que siempre se ayudan entre sí en sus producciones paralelas.


VÍCTIMAS DEL BAILE
En el espacio destinado a la plástica, hay tachos de pintura y pinceles desparramados por el piso, una notebook que musicaliza el ambiente y un proyector que los artistas utilizan como elemento de trabajo. Después de hurgar en sus álbumes personales, escanean una foto vieja, la editan en Photoshop, la proyectan contra la pared y la calcan. “Si tengo una compu y un proyector, ¿para qué carajo lo voy a dibujar a mano?”, sostiene Augusto al tiempo que Miguel reconoce que a veces su sentido práctico es mal visto por los muralistas de la vieja escuela.
Y hay cuadros, una gran cantidad de cuadros amontonados que llaman la atención a la vista de cualquiera por su gran tamaño y porque llevan el nombre de bandas platenses destacadas en la escena under de los noventa. Son obras cuadradas –como el tradicional formato de los discos, tanto en vinilo como en CD- de metro y medio por metro y medio, creadas con acrílico y laca sobre lienzo.
Es la trastienda de “Víctimas del baile”, una muestra que presentaron a fines de 2013, que recorre veinte años de producción musical local y que presenta tapas alternativas de los discos que hicieron de La Plata, la cuna del rock independiente: desde el primer álbum de la banda que da nombre a la exposición y que data de 1993, hasta el último material de Crema del Cielo, editado el año pasado.
Lo que empezó como un divague entre amigos desembocó en seis meses de escucha y pintura. Con la idea de recorrer el género a través del gusto de un platense como cualquier otro, Augusto hizo una selección caprichosa de los discos que marcaron la juventud de su generación y, después, los escuchó hasta que se rayasen.
Casi como una obsesión, pintó cada una de las tapas sin parar, alienado en los acordes de sus álbumes, que sonaban de manera furiosa y repetitiva –confiesa que llegó a estar más de diez horas de corrido con un mismo material-.
“Esto yo ya lo hacía en los noventa, cuando de chico copiaba el arte discográfico mientras esperaba a que se grabaran los cassettes”, recuerda, y explica que por aquellos días se dejaba gobernar por la autoridad de la imagen. Sin embargo, en un momento se dio cuenta de que esas tapas no siempre tenían que ver con lo que los discos generaban en él cuando los escuchaba, y así fue como comenzó a reversionarlas, pasatiempo que mantuvo hasta que empezó a comprarse los discos originales.
Varios años después, el artista plástico retoma aquella actividad y rompe con los mandatos establecidos, esos que hicieron que históricamente la tapa fuera la lectura definitiva e irreversible de discos como “Artaud” –sexto álbum de Pescado Rabioso (1973) diseñado por Juan Gatti- u “Oktubre” –segundo material de estudio de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (1986), ilustrado por Rocambole-.


ESTILO DE CRISCI
Retazos de tela, alfileres y máquinas de coser generan un clima similar al de esos certámenes de moda en los que jóvenes creativos compiten para lanzar su colección. No cuesta deducir que estamos en el lugar donde Edu de Crisci –diseñador platense con proyección nacional y ex participante de Project Runway Latinoamérica- lleva sus figurines a la realidad: “Acá hago todo, desde el más simple dibujito hasta el corte y la confección”.
De adolescente, el joven planeaba dedicarse profesionalmente al rugby. Sin embargo, una lesión torció su destino y lo llevó por la rama del arte. Después de su paso por el Bachillerato de Bellas Artes, Edu se anotó en la carrera de Diseño de Indumentaria en Palermo y comenzó a bocetar su carrera emergente, que lo llevaría a la pantalla chica y a pasarelas internacionales.
La gran cantidad de tinta paralizada en las venas da un indicio de su espíritu canchero y contestatario. La palabra “bardo” coloniza su antebrazo derecho y es toda una declaración de principios: así se llamaba su primer grupo de trabajo, en 2006, con el que dio a conocer sus primeras creaciones.
Arriesgado, provocativo e innovador, sólo él se animó a vestir peces vivos en la pasarela mexicana, ambientar su pasada por BAF Week con el ritmo cumbianchero de Amar Azul y tunear a sus modelos con piercings coloridos al mejor estilo wachiturro.
DE CRISCI mezcla géneros, superpone capas y juega con la moldería. La experimentación es un concepto clave en la firma, que propone prendas arriesgadas y conceptos polémicos. Como todo miembro de Falopapas, Edu resignifica elementos de la cultura urbana, como la música tropical, los accesorios deportivos y el vocabulario barrial, para presentar colecciones que no pasan desapercibidas.

Izq: foto publicada en la edición de abril de la revista Harper's Bazaar Argentina.

LA PERDICIÓN Y LA RELIGIÓN
En el parque, una pileta que supera las expectativas de cualquier fanático del agua está vacía pero se llena, paradójicamente, con pintura. Calaveras, mutantes, palabras de la jerga barrial y tipografías típicas de los graffitis callejeros invaden el pulmón verde de la casa, marean, hacen perder la noción y entrar en un trance similar al que se refiere Aldous Huxley en “Las puertas de la percepción”.
A dos metros de altura, Augusto y Miguel fondean de blanco un “ego merca” sostenido por un fantasma pálido como un papel. En el mundo de Falopapas, las obras son tan volátiles como las latas que las engendran: se crean y al poco tiempo se tapan, un círculo que se repite constantemente para dar lugar a trabajos nuevos.
Con el espacio liberado, uno de ellos contornea un stencil, mientras el otro bate aerosoles. De a poco, dos figuras de mujer van tomando forma en el paredón multicolor y se comienza a percibir el carácter del mural blanco y negro.
Por sobre todas las cosas, en la filosofía Falopapas rige la espontaneidad. De espíritu libre, los chicos no pierden tiempo con técnicas academicistas sino que prefieren enfrentarse al gran lienzo en blanco y dejarse llevar por sus instintos.
Al momento de pintar, es como si una fuerza externa los llevara a otro plano en el que sólo los artistas se entienden. Trabajan casi en silencio: un par de gestos y unas pocas palabras bastan para comunicarse. Da la sensación de que charlaron el concepto previamente pero, en realidad, se trata de una gran conexión que alimentaron en los años que llevan pintando juntos.
Después de –a lo sumo- veinte minutos, el mural parece completado. En “La religión y la perdición, dos maneras de ver” -como decidieron titularlo- dos morochas con sotana y miradas penetrantes reflejan dos caras de una misma moneda.

-

Pueden ver más del trabajo de Falopapas acá.

2.5.14

Teens


Hace un tiempo me contactó Noe desde Seventeen y me propuso escribir algunos consejos sobre moda para las lectoras de la revista. Ya salió la edición y, más que contenta con la oportunidad, me causó mucha gracia que la nota se titule "Animate a ser el centro" -quienes me conozcan sabrán que soy bastante tímida-. Sin embargo, creo que aún para quienes tenemos un perfil bajo, está bueno jugar con la ropa, animarse a combinar distintos estampados y optar por aquellas prendas que nos hacen sentir seguras.

Otros tips que quedaron fuera de la selección: 
La mítica diseñadora Coco Chanel decía que "menos es más". Yo creo que el estilo minimalista no garantiza un outfit exitoso y que a veces "más es más". Todo depende de las circunstancias. 
Adoptar todas las tendencias que vemos en las revistas no es sinónimo de estar bien lookeada. Mejor apropiarse sólo de aquellas que van con tu estilo y representan tu forma de ser. 
Evitar el copy&paste directo de pasarela. Usar el conjuntito tal como lo proponen las marcas de indumentaria habla de comodidad y poco esfuerzo. ¡Dale rienda suelta a tu creatividad y vas a ser dueña de un estilo único y personal! 
Como quizás ahora más teens visiten el blog, se me ocurrió compartir unas fotos que le saqué a mi hermana Justina, que en dos semanas cumple 15 años. Jugadora de hockey y fanática de los raperos T. Mills y Wiz Khalifa, ella tiene un estilo muy definido, que combina elementos deportivos con otros de la cultura urbana. Por eso, la locación elegida fue una de las tantas paredes graffiteadas de La Plata.


Camiseta: Nike / Camisa: Cook / Jean: Checa / Zapatillas: Vans.

2.4.14

BROCHAS Y PINTURA PARA DARLE OTRA LECTURA A LA INUNDACIÓN*


*A un año del trágico temporal que sufrió mi querida ciudad de La Plata, comparto una crónica que escribí en julio de 2013 sobre una iniciativa artística que surgió con el objetivo de transformar la desolación en esperanza.

En la esquina de 18 y 48, varias chicas mezclan pintura en tachos de distintos tamaños, suben y bajan escaleras para llegar a lo más alto de la fachada, pintan los contornos negros de una figura y, de vez en cuando, juegan con los perros que dan vueltas por la cuadra. Es sábado 13 de julio, ya pasó el horario del almuerzo y el grupo “Paredes Marcadas” termina los últimos detalles del mural que se presentará en sociedad a la tarde, como recuerdo de la inundación que el último 2 de abril dejó bajo agua a la mitad de La Plata.
Junto a esa comitiva de trabajo está Leticia Macuso, una joven cocinera tandilense que desde hace cinco años vive en la Ciudad, a cuatro cuadras de esa locación. Ella es la mentora del proyecto, que comenzó a gestarse el 3 de abril. Ese día, se levantó como siempre, salió de su casa en bici y a media cuadra fue testigo del horror, cuando vio cómo sus vecinos sacaban a la calle sus pertenencias, mojadas y destruidas. Pedaleó dos cuadras más, hasta 19 y 47, y la marca del agua en las paredes llegaba al metro cuarenta.
“Cuando vi ese panorama caí al piso llorando, la culpa que sentía era inmensa… Yo dormía y ni me imaginaba lo que estaba pasando afuera”, recuerda con lágrimas en los ojos. Dos vecinas suyas murieron y ahora cada vez que pasa por sus casas –cuenta- se ahoga en llanto, como si la imagen de ellas volviera a aparecer en su cabeza una y otra vez.
Leticia es hipoacúsica, profesora de Educación Especial –aunque nunca ejerció- y tiene un hermano sordo, así que sabe que la indiferencia duele y asegura que no le cuesta ponerse en el lugar del otro y transformar el pesar del prójimo en su propia mochila.
Esa empatía la llevó, desde el mes de abril, a conocer gente, empaparse de historias y llenarse de “dolor propio, duplicado y ajeno”. Sin embargo, siguió. Fue a las marchas que se hicieron por los dos meses de la inundación y le afectó mucho ver cómo la tragedia de los damnificados “se volvía política”, así que decidió que debía hacer algo pero no sabía qué.

UNA MUSA CANINA
El 5 de abril llegó la respuesta de qué manera podía tender una mano a sus vecinos. Antes de hacer las compras de todos los días en el almacén del barrio, Leticia encontró, en la puerta del lugar, a un perro mestizo con rasgos de ovejero y carita manchada. Sin imaginárselo, ese animal mojado y asustado sería el inspirador de dos iniciativas solidarias: la primera, reencontrar con sus dueños a la mayor cantidad de animales perdidos a partir de la inundación.
Lo acarició y no dudó en llevarlo a su casa, darle agua y comida, armarle una cucha para dormir y llamarlo “Monzón”. Después, hizo que la imagen de la mascota circulara por internet, para ver si alguien lo reclamaba, y lo llevó a pasear por Plaza Malvinas, con un cartel que decía “Busco a mi familia”. De esa manera fue como nació “Cuatro Patas”, una serie de jornadas en las que diecinueve animales se reencontraron con sus dueños, luego de haber estado alojados en hogares solidarios desde la madrugada del 2 de abril.
Pero ese gran proyecto no la conformó y quiso hacer algo más por sus vecinos damnificados. Nuevamente fue Monzón el que la iluminó, al manchar una pared con sus patas y dejar una marca en la que Leticia creyó ver un dibujo. En ese momento pensó que el arte podía redimir las escenas devastadoras de la inundación y dejar un mensaje esperanzador. Entonces, se le ocurrió promover murales en las fachadas de las casas afectadas por el agua, para reconocer la ayuda que se tendieron los vecinos cuando las calles parecían un río.
“Es una forma de recordar lo sucedido el 2 de abril con otros ojos, para entender que siempre se puede volver a empezar”, explica Leticia con tono pausado, y ya no hace falta que aclare que es algo que surgió sin ningún tipo de intención política, partidaria o económica, sino que salió de corazón: “Para mí la vida es eso, ser útil; es algo que debe nacer de adentro, bien limpio, como un bebé”.
En cada una de sus palabras se puede percibir su autenticidad y transparencia. La manera de expresarse demuestra que tiene la sensibilidad de una artista y, al momento de describir su oficio, hasta se anima a jugar con las palabras. “Yo pertenezco al rubro de la gastronomía. Si le sacás la G, te queda ‘astronomía’, que es el estudio del cielo entero, ese cielo que no pone límites a nada ni nadie”, revela con una sonrisa y agrega: “Yo hago arte a mi manera… Como todo arte, la gastronomía se nutre a través de otras artes y del dolor nacen siempre las mejores recetas”.
Ajena al mundo de las artes plásticas pero con una idea fija, comenzó a buscar, a través de amigos y conocidos, profesionales que pudieran llevar a cabo el proyecto y así fue como dio con Candela Macia y Salomé Gorosito –egresadas de la carrera de Muralismo y Arte Público de la Facultad de Bellas Artes- y con Xoa Iboga, que está a punto de recibirse de magistrada.
Una vez armado el equipo de trabajo, Leticia se puso en campaña para conseguir paredes y, mediante las redes sociales, le ofrecieron algunas, pero todas estaban alejadas de su barrio. Sin embargo, no bajó los brazos y supo que lo mejor sería esperar a que llegara la indicada.


UNA VECINA COPADA
Una tarde, Leticia volvía a su casa en bici después de una jornada de trabajo y observó con otros ojos, en la esquina de 18 y 48, una casa por la que siempre pasaba pero a la que nunca había prestado demasiada atención. Tampoco conocía a Susana, la dueña de esa propiedad, pero decidió tocar timbre para contar su proyecto. Para su sorpresa, al cabo de un buen rato, el consentimiento para intervenir el frente de la vivienda llegó con la frase “¡Te lo regalo entero!".
Susana Amorebieta es una mujer de 66 años que, durante la trágica madrugada, sobrevivió seis horas parada sobre un sommier sosteniendo a su perro “Pachorra”, que estaba arriba de una cómoda, para salvarlo del metro sesenta de agua que colonizó toda su casa y terminó por arruinar el setenta por ciento de sus cosas.
En todo ese tiempo –asegura con indignación- sólo pasó un gomón comandado por vecinos que, al verla iluminada por una vela a través de la ventana del frente de su casa, intentaron rescatarla. “No podía dejar a mi mascota, así que preferí quedarme y aguantar”, recuerda consternada mientras mira con una sonrisa a Pachorra, que juega con los tachos de pintura vacíos.
La propiedad, edificada durante la segunda década del siglo pasado, antes había pertenecido a su madre pero, en todos esos años, nunca se había inundado como en abril pasado –en enero de 2002 sólo había entrado agua en el zaguán- y, aunque hoy está prácticamente reconstruida, sus paredes siguen llorando humedad.
Ni siquiera los dos tornados que sorprendieron a Susana mientras vivía en Misiones lograron atemorizarla tanto como la última catástrofe, en la que pensó que podía llegar a perder la vida. “No hay punto de comparación, un tornado sólo dura unos 10 minutos y no deja tanta destrucción como el agua”, cuenta entre mate y mate que comparte con las muralistas. 
Cuando piensa en el saldo negativo que le dejó la inundación en materia de recuerdos, su fuerza parece flaquear y su mirada, apagarse. Entre las pérdidas emotivas, lo que más le duele es haber podido salvar tan sólo dos o tres fotos de su hijo del medio. Por eso, decidió que lo mejor era ponerlas en una bolsa y dejarlas arriba de una mesa, para evitar ser testigo de su tristeza: “Fue duro decirle que había perdido las fotos de su comunión, de sus primeros cumpleaños, de los actos escolares…”. Como contrapartida, tuvo la satisfacción de que la madera noble de los muebles de sus abuelos ignorara el agua, pese a que quedaron cubiertos durante varias horas.
Con todo, la experiencia tan inesperada y devastadora hizo que cayera en un estado de angustia y viera todo gris. Sin embargo, la propuesta de Leticia de poner color a sus paredes marcadas le dio una perspectiva para pensar en otra cosa: “Yo estaba con la depre de la inundación, así que desde un principio me copé con la idea, y pensé que si tengo una pared que puede representar algo, buenísimo”.
Uno de sus tres hijos no está muy contento con el proyecto, pero el resto de la familia la apoya, sobretodo su nuera Renata, nativa de Sao Paulo y novia de su hijo menor, que la ayudó a salir adelante los días después de la tragedia y hoy la acompaña en este nuevo emprendimiento. “A mí me encantó, es arte que habla sobre lo que pasó que fue re feo”, interviene Renata que, aunque ya hace cinco años vive en La Plata, todavía apela al portuñol.


LA LLUVIA PERSISTENTE
Al principio, la idea era pintar el mural en la pared de la ochava, pero después fue Susana la que insistió en que llenaran de arte casi todo el frente de su casa, porque ya estaba muy venido abajo. “Era una especie de pizarrón que habían dejado los operarios de la Municipalidad, cuando vinieron y pintaron todo de blanco para tapar los graffitis; pero después las pintadas siguieron, ‘Jose te amo’, ‘Pincha puto’, ‘7 a 0’”, explica bajando la voz para que la mala palabra pase casi desapercibida.
Por su parte, Leticia, la gran mecenas, en los últimos meses recolectó información e imágenes y escribió todo lo que había visto el “día D” de la inundación, para que las muralistas realizaran el boceto. Compró las pinturas y les pidió que hicieran algo lindo y alegre pero a la vez concientizador porque, si bien los vecinos pudieron resistir, una marca imborrable quedó en sus corazones.
Antes de poner en marcha la obra, las chicas quisieron conocer la lógica del barrio y se pusieron en contacto con los vecinos, quienes les contaron que durante la inundación se ayudaron mucho entre ellos y que, a pesar de la dificultad de la situación, la solidaridad hizo que salieran a flote.
Finalmente el sábado 6 de julio comenzaron con el art attack, pero el clima no las acompañó: llovió, de manera intermitente, durante toda la semana. Igualmente “fondearon” la pared de blanco, porque estaba bastante oscura, pasaron el boceto a escala real y empezaron a pintar.
Día tras día las artistas llegaban, a pesar del clima desfavorable, a las ocho de la mañana a la casa de Susana y pintaban hasta que se hacía de noche y la tarea ya era imposible de continuar. 
“Fueron muy consecuentes con la idea, hubo mucho compromiso por su parte”, asegura la vecina con orgullo de madre -en la charla siempre se refiere a ellas como “sus hijas adoptivas”-.
Las jóvenes trataron de aprovechar cada momento de buen tiempo para ganarle a la lluvia porque la idea era presentar el mural en sociedad el martes 9. Sin embargo, ese día también diluvió y, como si el gris estuviera empeñado en permanecer en esas paredes, el agua lavó la pintura y volvió a dejar la obra inconclusa, hasta el fin de semana siguiente.


LA ESPERANZA
Ahora son las tres de la tarde y, si bien la convocatoria es para las cuatro, ya empiezan a caer curiosos que pueden ver la trastienda de la obra, antes de que se dé por terminada. “La idea es que se acerquen y les podamos contar a la gente con qué intención se planteó el mural para que también se sientan identificados”, explica Xoa, ansiosa de dar a conocer el trabajo y charlar un rato con los vecinos, con los que se generó una conexión especial durante los días de trabajo: “Fue zarpado que vinieran, nos trajeran torta, algo para comer, café, el ‘qué lindo que está’, esa cuestión que estimula el continuar con proyectos en la calle”.
El mural, al que titularon “La Esperanza”, representa una ciudad idealizada, llena de colores, con parejas que pasean de la mano por las calles, niños que saltan la soga y ancianos que toman aire en la vereda de sus casas. Todos están felices, sin embargo, el paisaje urbano está quebrado por la marca del agua: por debajo del metro sesenta, todo es gris y violáceo.
En la pared de la ochava, el rostro gigante de una mujer encabeza el mural. Es la “La Chica Esperanza”, un personaje concebido sin edad para que sea representativo de grandes y chicos afectados por el temporal. 
“Queríamos demostrar que siempre se puede salir adelante, por eso todas las figuras que hicimos están contentas”, señala Candela y agrega: “También representamos varios perros porque acá la compañera –señala a Leticia- está con el reencuentro ‘Cuatro Patas’”. 
Leticia, que va, viene, saca fotos de la obra pero también da algunas pinceladas, dice que, tanto en el mural como en las jornadas de reencuentro de mascotas, ella actuó como un “puente” para lograr que dos cosas bellas se unieran: un animal y su dueño; o una mujer muy dolida, como es el caso de Susana, y muchos transeúntes, con la creación de las artistas. “Espero que esto sirva, sólo soy una vecina que, de alguna manera, quiere a sus vecinos”, expresa con sencillez y asegura que este es el primer mural de muchos otros que vendrán.
Por otro lado, Susana siente que tomó una decisión necesaria para terminar con una angustia que la ahogaba, fue como dar vuelta una página triste de su vida: “El trabajo de las chicas me dio una vitalidad que no tenía, me ayudó a salir del pozo, a renovarme”. Además, como no fue a las movilizaciones que se hicieron en Plaza Moreno, considera que el frente de su casa es el aporte que ella hace a la lucha colectiva de los vecinos por lograr que las autoridades estatales se ocupen de que nunca más se repita una tragedia similar.
“Las paredes blancas no dicen nada”, es el título de un libro de graffitis que Susana le había regalado a su hijo menor para su cumpleaños número diez. Hoy, a veinticinco años de ese momento, Susana le encuentra otro significado al ejemplar y pone en práctica esa máxima del arte callejero.